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Cela. Carta al maestro

CARTA AL MAESTRO

Querido don Camilo:
Aún recuerdo, con nostalgia arraigada, aquel veraniego decimotercero día de septiembre de 1995. Aquella mítica jornada significaba mi primer día de trabajo junto a usted, figura necesaria de nuestra Literatura y, célebre -a la vez que celebrado- clásico de nuestras Letras, ésas que han de reescribirse con mayúscula toda vez que forman parte de la Historia de la Literatura Española y, por ende, universal.

Yo tenía 25 años y logré experimentar a su lado privilegiadas sensaciones nuevas y  portentosos descubrimientos que, sin duda, meCela enriquecieron de manera importante. Tengo presente, como si fuera hoy mismo, sus primeras palabras. Surgieron de su boca cargadas de buenas intenciones: “Entra con el pie derecho a esta casa, Gaspar, y sé bienvenido”. Yo le tendí la mano, percibí la suya, enorme, suave... al tiempo que cálida y rebosante de una ternura que, transcurridos los años, descubrí que poseía aquel hombre grande y al mismo tiempo gran hombre, ¡cualquiera lo diría!, el ser humano que había sabido cautivar mi atención de adolescente lector, el eterno literato trastrocado en personaje mediático -capaz de escandalizar a la opinión pública al afirmar en un medio de masas que era capaz de absorber litro y medio de agua por el trasero-, se había convertido, de la noche a la mañana, nada más y nada menos que en mi propio jefe.

¡Qué responsabilidad aquélla que usted me brindaba y a la que rendí pleitesía sin la más mínima objeción desde el primer minuto de conocerle!

Sentía un cierto temor -he de confesarlo- cada vez que se dirigía a mi despacho cuando pretendía hablar conmigo. Sus renqueantes pasos acompañados de profundas pisadas que se acrecentaban en el momento en que el charol de su zapato tomaba contacto directo con aquel suelo negro de pizarra, me producían una especie de desazón que desaparecía cuando contemplaba su figura en todo su esplendor. Con su apariencia de emperador romano, entraba triunfal en el espacio que me había sido reservado y mostraba un logrado ademán de sonrisa. Yo le saludaba, le ofrecía mi sillón y usted me gratificaba con su verbo ágil y profunda mirada. Todo aquel entorno que envolvía su magistral figura estaba tan cargado de magia, que me resulta difícil describir con precisión ese cúmulo de sentimientos que pasaban por mi mente y que se renovaban día tras día como el aire fresco y limpio de la Alcarria.

Mi función, a su lado -usted mejor que nadie sabe- comenzó siendo la de su estrecho colaborador literario -otros nos llaman negros, ya ve usted, don Camilo-, pero, con el tiempo, este jiennense que un día llegara a su casa queriéndole conocer, se convertiría en algo más para usted. “En esta casa hay que estar para un roto y para un descosido” -me dijo, y hasta mucho después, nunca supe que aquello implicase convertirme en un recurrente “chico para todo”. No me pesó -se lo aseguro- acompañarle a rehabilitación, ni al podólogo, ni a la peluquería... ni, por supuesto, ser su cómplice en nuestras escapadas furtivas al restaurante “El gamo” de El Pardo, mientras debíamos hacer creer a los demás, que tan sólo salíamos para llevar a cabo su rutinario paseo, cuando en realidad íbamos a tomarnos cervezas y pinchos de tortilla. Soy consciente de que alguien tenía que hacer aquellas labores, y su compañera prefería asistir a otro tipo de eventos, quizá más prioritarios e importantes para ella que el hecho de llevarlo,  traerlo, acompañarlo, ayudarle... Se equivocó, don Camilo, en la elección de aquella compañera de su postrimería, si bien es verdad que más que elegida fue elegidora.

Cuando las campanas de Adina -tantas veces aludidas en los versos de Rosalía- plañían su muerte, yo aún en Madrid, necesitaba más que nunca estar en soledad, sin más compañía que su recuerdo. El día de su entierro cogí el coche antesGaspar Sánchez en la Fundación Cela de irme para Jaén e hice el mismo recorrido que solíamos hacer. Reviví con emoción aquellos momentos compartidos con a usted. Salí a la M-30, dirección Moncloa, tomé el desvío hacia Pintor Rosales y avda. de Valladolid, detuve mi coche justo en la entrada a la clínica La Moncloa. Todo parecía haberse parado en la ciudad, apenas percibí movimiento o quizá sólo fuera mi imaginación. Recordé cuando usted me esperaba en la puerta de la clínica, ese preciso instante en que le abría la puerta y le ayudaba a sentarse para salir raudos hasta El Pardo. Tuve imperiosa necesidad de ir hasta ese histórico y señorial pueblo. Llegué hasta la cuesta donde se solía pasear, subí hasta la explanada, frente a la iglesia, detuve el coche, me bajé y le lloré con la intensidad del alma, con el amor de un lazarillo que pierde a su amo para siempre, con la fidelidad de un perro que ladra en el bosque de la desesperación y albergando la única esperanza de que aquel Cela, a quien tanto quise, se hubiera llevado un mínimo recuerdo grato de mi persona... Recordé entonces su voz grave, su sonrisa, su mirada, su peculiar de caminar... Pareciera que usted estaba allí mismo, conmigo, a mi lado, sentí la necesidad de hablarle, y lo hice...

Desde las aulas donde actualmente imparto clase a mis alumnos, les acerco hasta ese otro Cela, al que yo, como nadie, me congratulo en haber tenido el privilegio y la fortuna de conocer de primera mano, de tratar y de querer. Aquel literato estará siempre presente en mi recuerdo y en mis explicaciones de profesor nostálgico, pero sin dejar de lado al hombre, ese hombre poliédrico -como usted mismo se definía-, pero cuyas aristas han significado para sus lectores y para quienes lo hemos conocido una bendición de los mismos hados.

Mi eterno agradecimiento, don Camilo.

 
© 2010 Gaspar Sánchez Salas
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